domingo, 17 de marzo de 2013

LA CUATERNIDAD SALOMÓNICA DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL


MARTIN HEIDEGGER
CONSTRUIR, HABITAR, PENSAR

Buenos Aires 2004

Este texto de Heidegger fue expuesto por primera vez en Darmstadt, en 1951. En aquella época Alemania pasaba por una aguda carencia de viviendas, ya que innumerables construcciones habían sido destruidas por los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial.El escrito, en buena medida, es una reflexión sobre esas horribles construcciones masivas que hoy sirven de vivienda a millones de personas en nuestras grandes ciudades. Y sigue siendo actual porque, aún en nuestros días, en muchos lugares, la construcción de viviendas masificadas sigue destruyendo la base misma de la habitabilidad.
El amplio concepto de "habitar" expuesto aquí por Heidegger abarca la totalidad de nuestra permanencia terrenal en cuanto "mortales de la tierra" que somos. De esta forma, el pensamiento puede ir más allá del simple construir y, con ello, el habitar adquiere una dimensión superior y trascendente.

En lo que sigue intentamos pensar sobre el habitar y el construir.
Este pensar sobre el construir no tiene la pretensión de encontrar ideas sobre la construcción, ni menos dar reglas sobre cómo construir. Este ensayo de pensamiento no presenta en absoluto el construir a partir de la arquitectura, ni de la técnica, sino que va a buscar el construir en aquella región a la que pertenece todo aquello que es. Nos preguntamos:
1.° ¿Qué es habitar?
2.° ¿En qué medida el construir pertenece al habitar?
- I -
Al habitar llegamos, así parece, solamente por medio del construir. Éste, el construir, tiene a aquél, el habitar, como meta.
Sin embargo, no todas las construcciones son moradas. Un puente y el edificio de un aeropuerto; un estadio y una central energética; una estación y una autopista; el muro de contención de una presa y la nave de un mercado son construcciones pero no viviendas. Sin embargo, las construcciones mencionadas están en la región de nuestro habitar. Esta región va más allá de esas construcciones. Por otro lado, sin embargo, la región no se limita a la vivienda. Para el camionero la autopista es su casa, pero no tiene allí su alojamiento; para una obrera de una fábrica de hilados, ésta es su casa, pero no tiene allí su vivienda; el ingeniero que dirige una central energética está allí en casa, sin embargo no habita allí.
Estas construcciones albergan al hombre. Él mora en ellas, y sin embargo no habita en ellas, si habitar significa únicamente tener alojamiento. En la actual falta de viviendas, tener donde alojarse es ciertamente algo tranquilizador y reconfortante; las construcciones destinadas a servir de vivienda proporcionan ciertamente alojamiento. Hoy en día pueden incluso tener una buena distribución, facilitar la vida práctica, tener precios asequibles, estar abiertas al aire, la luz y el sol; pero: ¿albergan ya en sí la garantía de que acontezca un habitar ?
Por otra parte, sin embargo, aquellas construcciones que no son viviendas no dejan de estar determinadas a partir del habitar en la medida en que sirven al habitar de los hombres. Así pues, el habitar sería, en cada caso, el fin que persigue todo construir. Habitar y construir están, el uno con respecto al otro, en la relación de fin a medio.
Ahora bien, mientras únicamente pensemos esto estamos tomando el habitar y el construir como dos actividades separadas, y en esto estamos representando algo que es correcto. Sin embargo, al mismo tiempo, con el esquema medio-fin estamos desfigurando las relaciones esenciales. Porque construir no es sólo medio y camino para el habitar. El construir ya es, en sí mismo, habitar. ¿Quién nos dice esto? ¿Quién puede darnos una medida con la cual nos sea factible medir de un cabo al otro la esencia del habitar y el construir?
La exhortación sobre la esencia de una cosa nos viene del lenguaje, en el supuesto de que prestemos atención a la esencia de este lenguaje. Sin embargo, mientras tanto, por el orbe de la tierra corre una desenfrenada carrera de escritos y de emisiones de lo hablado. El hombre se comporta como si fuera él el forjador y el dueño del lenguaje, cuando en realidad esel lenguaje el que es y ha sido siempre el señor del hombre. Tal vez, más que cualquier otra cosa, la inversión, llevada a cabo por el hombre, de esta relación de dominio es lo que empuja a la esencia del lenguaje a lo no hogareño. El hecho de que nos preocupemos por la corrección en el hablar está bien, sin embargo no sirve para nada mientras el lenguaje siga sirviendo únicamente como un medio para expresarnos. De entre todas las exhortaciones que nosotros, los humanos, podemos traer desde nosotros al hablar, el lenguaje es la suprema y la que en todas partes es la primera.
¿Qué significa entonces construir? La palabra del alto alemán antiguo correspondiente a construir, buansignifica habitar. Esto quiere decir: permanecer, residir. El significado propio del verbo bauen (construir), es decir, habitar, lo hemos perdido. Una huella escondida ha quedado en la palabra Nachbar (vecino). El Nachbar es el NachgeburelNachgebaueraquel que habita en la proximidad. Los verbos buribürenbeurenbeuron significan todos el habitar, el habitat.
Ahora bien, la antigua palabra buanciertamente, no dice solamente que construir es propiamente habitar, sino que a la vez nos da una indicación sobre cómo debemos pensar el habitar que ella nombra. Cuando hablamos de morar, nos representamos generalmente una forma de conducta que el hombre lleva a cabo junto con otras muchas. Trabajamos aquí y habitamos allí. No sólo habitamos — esto casi sería inactividad — tenemos una profesión, hacemos negocios, viajamos y estando de camino habitamos, ahora aquí, ahora allí. Construir (bauensignifica originariamente habitar. Allí donde la palabra construir habla todavía de un modo originario dice al mismo tiempo hasta dónde llega la esencia del habitar.Bauen, buan, bhu, beo es nuestra palabra «bin» («soy») en las formas ich bin, du bist (yo soy, tú eres), la forma de imperativo bissei(sé). Entonces ¿qué significa ich bin (yo soy)? La antigua palabra bauencon la cual tiene que verbincontesta: «ich bin», «du bist» quiere decir: yo habito tú habitas. El modo como tú eres, yo soy, la manera según la cual los hombres somos en la tierra es el Buanel habitar.
Ser hombre significa: estar en la tierra como mortal, significa: habitar. La antigua palabra bauen significa que el hombrees en la medida en que habitala palabra bauen significa al mismo tiempo abrigar y cuidar; así, cultivar (construir) una tierra de labranza (einen Acker bauen)cultivar (construir) una viña. Este construir sólo cobija el crecimiento que, por si mismo, hace madurar sus frutos.
Construir, en el sentido de abrigar y cuidar, no es ningún producir. La construcción de buques y de templos, en cambio, produce en cierto modo ella misma su obra. El construir (bauen) aquí, a diferencia del cuidar, es un erigir. Los dos modos del construir — construir como cuidar, en latín collere, culturay construir como levantar edificios, aedificare —están incluidos en el propio construir, habitar. El construir como el habitar — es decir, estar en la tierra, para la experiencia cotidiana del ser humano — es desde siempre, como lo dice tan bellamente la lengua, lo «habitual». De ahí que se retire detrás de las múltiples maneras en las que se lleva a cabo el habitar; detrás de las actividades del cuidar y edificar. Luego, estas actividades reivindican el nombre de construir y con él la cosa que este nombre designa. El sentido propio del construir — a saber: el habitar — cae en el olvido.
Este acontecimiento parece al principio como si fuera un simple proceso dentro del cambio semántico que tiene lugar únicamente en las palabras. Sin embargo, en realidad se oculta ahí algo decisivo, a saber: el habitar no es vivenciado como atinente al el ser del hombre; el habitar no se piensa nunca plenamente como rasgo fundamental del ser del hombre.
Sin embargo, el hecho de que el lenguaje, por así decirlo, retire al significado propio de la palabra construir, el habitar testifica lo originario de estos significados; porque en las palabras esenciales del lenguaje, lo que éstas dicen propiamente cae fácilmente en el olvido a expensas de lo que ellas mienten en primer plano. El misterio de este proceso es algo que el hombre apenas ha considerado aún. El lenguaje le retira al hombre lo que el lenguaje, en su decir, tiene de simple y grande. Pero no por ello enmudece la exhortación inicial del lenguaje. Simplemente guarda silencio. El hombre, no obstante, deja de prestar atención a este silencio.
Pero si escuchamos lo que el lenguaje dice en la palabra construir, oiremos tres cosas:
1.° Construir es propiamente habitar.
2.° El habitar es la manera en que los mortales son en la tierra.
3.° El construir como habitar se despliega en el construir que cuida — es decir: que cuida el crecimiento — y en el construir que levanta edificios.
Si pensamos estas tres cosas, percibiremos una señal y observaremos esto: lo que sea en su esencia construir edificios es algo sobre lo que no podemos preguntar ni siquiera de un modo suficiente, y no hablemos de decidirlo de un modo adecuado a la cuestión, mientras no pensemos que todo construir es en sí un habitar. No habitamos porque hemos construido, sino que construimos y hemos construido en la medida en que habitamos, es decir, en cuanto que somos losque habitanPero ¿en qué consiste la esencia del habitar?
Escuchemos una vez más la exhortación del lenguaje: el antiguo sajón «wuon» y el gótico «wunian» significan, al igual que la antigua palabra bauenel permanecer, el residir. [1] Pero la palabra gótica «wunian» dice de un modo más claro cómo se experiencia este permanecer. «Wunian» significa: estar satisfecho (en paz); llevado a la paz, permanecer en ella. La palabra paz (Friede) significa lo libre, das Fryefry significa: preservado de daño y amenaza; "preservado de...", es decir: cuidado. Freien (liberar) significa propiamente: cuidar.
El cuidar, en sí mismo, no consiste únicamente en no hacerle nada a lo cuidado. El verdadero cuidar es algo positivo, yacontece cuando de antemano dejamos a algo en su esencia, cuando propiamente realbergamos algo en su esencia; cuando, en correspondencia con la palabra, lo rodeamos de una protección, lo ponemos a buen recaudo. Habitar, haber sido llevado a la paz, quiere decir: permanecer a buen recaudo, resguardado en lo fryelo libre, es decir: en lo libre que cuida toda cosa llevándola a su esencia. El rasgo fundamental del habitar es este cuidar (custodiar, velar por). Este rasgo atraviesa el habitar en toda su extensión. Así, dicha extensión nos muestra que pensamos que el ser del hombre descansa en el habitar, y descansa en el sentido del residir de los mortales en la tierra.
Pero «en la tierra» significa «bajo el cielo». Ambas cosas co-significan «permanecer ante los divinos» e incluyen un «perteneciendo a la comunidad de los hombres». Desde una unidad originaria los cuatro — tierra, cielo, los divinos y los mortales — pertenecen a una unidad.
La tierra es la que, sirviendo, sostiene; la que floreciendo da frutos; extendida en riscos y aguas, abriéndose en forma de plantas y animales. Cuando decimos "tierra", con ella estamos pensando ya los otros Tres, pero, no obstante, no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
El cielo es el camino arqueado del sol, el curso de la luna en sus distintas fases, el resplandor ambulante de las estrellas, las estaciones del año y el paso de una a la otra. Es la luz y el crepúsculo del día, la oscuridad y la claridad de la noche, lo hospitalario y lo inhóspito del tiempo que hace, el paso de las nubes y el azul profundo del éter. Cuando decimos "cielo", estamos pensando con él los otros Tres, pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
Los divinos son los mensajeros de la divinidad que nos hacen señales. Desde el sagrado prevalecer de la divinidad aparece el Dios en su presente o se retira en su velamiento. Cuando nombramos a los divinos, estamos pensando en los otros Tres, pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
Los mortales son los hombres. Se llaman mortales porque pueden morir. Morir significa ser capaz de la muerte comomuerte. Sólo el hombre muere — y además de un modo permanente — mientras está en la tierra, bajo el cielo, ante los divinos. Cuando nombramos a los mortales, estamos pensando en los otros Tres pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
Esta unidad de los Cuatro la llamamos la CuaternidadLos mortales están en la Cuaternidad al habitar. Pero el rasgo fundamental del habitar es el cuidar (velar por). Los mortales habitan en el modo como cuidan la Cuaternidad en su esencia. Este cuidar que habita es, así, cuádruple.
Los mortales habitan en la medida en que salvan la tierra — retten (salvar, rescatar), la palabra tomada en su antiguo sentido, que conocía aún Lessing. La salvación no sólo arranca algo de un peligro. Salvar significa propiamente: franquearle a algo la entrada a su propia esencia. Salvar la tierra es más que explotarla o incluso estropearla. Salvar la tierra no es adueñarse de la tierra; no es hacerla nuestro súbdito, de donde sólo un paso conduce a la explotación sin límites.
Los mortales habitan en la medida en que reciben el cielo como cielo; en la medida en que dejan al sol y a la luna seguir su viaje, a las estrellas su ruta, a las estaciones del año su bendición y su injuria; en la medida en que no convierten la noche en día, ni hacen del día una carrera sin reposo.
Los mortales habitan en la medida en que esperan a los divinos como divinos. En la medida en que, esperando, sosteniéndolos lo inesperado, van al encuentro de ellos y esperan las señas de su advenimiento sin desconocer los signos de su ausencia. En la medida en que no se hacen sus dioses ni practican el culto a ídolos. En la medida en que, en la desgracia, esperan aún la salvación que se les ha quitado.
Los mortales habitan en la medida en que conducen su esencia propia — ser capaces de la muerte como muerte — usando esta capacidad para que sea una buena muerte. Conducir a los mortales a la esencia de la muerte no significa en absoluto poner como meta la muerte en tanto que nada vacía. Tampoco quiere decir ensombrecer el habitar con una mirada ciega, dirigida fijamente al fin.
En el salvar la tierra, en el recibir el cielo, en la espera de los divinos, en la conducción de los mortales, acontece de un modo propio el habitar como el cuádruple cuidar (velar por) de la Cuaternidad. Cuidar (velar por) quiere decir: custodiar la Cuaternidad en su esencia. Lo que se toma en custodia tiene que ser albergado. Pero, si el habitar cuida la Cuaternidad ¿dónde guarda (custodia) el habitar su propia esencia? ¿Cómo llevan a cabo los mortales el habitar en la forma de este cuidar? Los mortales no serían nunca capaces de esto si el habitar fuera únicamente un residir en la tierra, bajo el cielo, ante los divinos, con los mortales. El habitar es más bien siempre un residir junto a las cosas. El habitar como cuidar guarda (custodia) la Cuaternidad en aquello junto a lo cual los mortales residen: en las cosas.
Pero el residir junto a las cosas no es algo que esté simplemente añadido como un quinto elemento al carácter cuádruple del cuidar del que hemos hablado. Al contrario: el residir junto a las cosas es la única manera como se lleva a cabo siempre, de un modo unitario, la cuádruple residencia en la Cuaternidad. El habitar cuida la Cuaternidad llevando la esencia de ésta a las cosas.
Ahora bien, las cosas mismas albergan la Cuaternidad sólo cuando ellas mismas, en tanto que cosas, son dejadas en su esencia. ¿Cómo ocurre esto? De esta manera: los mortales abrigan y cuidan las cosas que crecen, erigen propiamente las cosas que no crecen. El cuidar y el erigir es el construir en el sentido estricto. El habitaren la medida en que guarda (custodia) a la Cuaternidad en las cosas, es, en la medida de este guardar (custodiar), un construirCon ello nos hemos puesto en camino hacia la segunda pregunta:

- II -

¿En qué medida el construir pertenece al habitar?
La contestación a esta pregunta aclara lo que es propiamente el construir pensado desde la esencia del habitar. Al construir, en el sentido de edificar cosas, nos limitamos y preguntamos: ¿qué es una cosa construida? Sirva como ejemplo para nuestra reflexión un puente.
El puente se tiende «ligero y fuerte» por encima de la corriente. No junta sólo dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. El puente es propiamente lo que deja que una yazga frente a la otra. Es por el puente por el cual el otro lado se opone al primero. Las orillas tampoco discurren a lo largo de la corriente como franjas fronterizas indiferentes de la tierra firme. El puente, con las orillas, le aporta a la corriente las dos extensiones de paisaje que se encuentran detrás de estas orillas. Lleva la corriente, las orillas y la tierra a una vecindad recíproca. El puente coliga la tierra como paisaje en torno a la corriente. De este modo conduce a ésta por las riberas. Los pilares del puente, que descansan en el lecho del río, aguantan la presión de los arcos que dejan seguir su camino a las aguas de la corriente. Tanto si las aguas avanzan tranquilas y alegres, como si las lluvias del cielo, en las tormentas o en el deshielo, se precipitan en olas furiosas contra los arcos, el puente está preparado para los tiempos del cielo y la esencia voluble de estos tiempos. Incluso allí donde el puente cubre el río, el puente mantiene la corriente dirigida al cielo, recibiéndola por unos momentos en el vano de sus arcos y soltándola de nuevo.
El puente deja a la corriente su curso y al mismo tiempo garantiza a los mortales su camino, para que vayan de un país a otro, a pie, en tren o en coche. Los puentes conducen de distintas maneras. El puente del poblado lleva del recinto del castillo a la plaza de la catedral. El puente de la cabeza de distrito, atravesando el río, lleva a los coches y las caballerías enganchadas a ellos a los pueblos de los alrededores. El viejo puente de piedra que, casi sin hacerse notar, cruza el pequeño riachuelo es el camino por el que pasa el carro de la cosecha, desde los campos al pueblo; lleva a la carreta de madera desde el sendero a la carretera. El puente que atraviesa la autopista está conectado a la red de rutas de larga distancia; una red establecida según cálculos y que debe lograr la mayor velocidad posible. Siempre, y cada vez de un modo distinto, el puente acompaña de un lado para otro los caminos vacilantes y apresurados de los hombres, para que lleguen a las otras orillas y finalmente, como mortales, lleguen al otro lado. El puente, en arcos pequeños o grandes, atraviesa río y barranco — tanto si los mortales prestan atención a lo superador del camino por él abierto como si se olvidan de él — para que, siempre, ya de camino hacia el último puente, en el fondo aspiren a superar lo que les es habitual y aciago, y de este modo se pongan ante la salvación de lo divino. El puente reúnecomo el paso que se lanza al otro lado, conduciendo ante los divinos. Tanto si la presencia de éstos está considerada de propio y agradecida de un modo visible, en la figura del santo del puente, como si queda ignorada o incluso arrumbada.
El puente coliga según su manera junto a sí, tierra y cielo; los divinos y los mortales.
Según una vieja palabra de nuestra lengua, a la coligación se la llama «thing». [2] El puente es una cosa y lo es en función de la coligación de la Cuaternidad que hemos caracterizado antes. Se piensa, ciertamente, que el puente, ante todo y en su ser propio, es sin más un puente. Y que luego, de un modo ocasional, podrá expresar además distintas cosas, con lo cual se dice que se convierte en símbolo, como ejemplo de todo lo que antes se ha nombrado. Pero el puente, si es un auténtico puente, no es nunca primero puente sin más y luego un símbolo. Y del mismo modo, tampoco es de antemano sólo un símbolo en el sentido de expresar algo que, tomado de un modo estricto, no pertenece a él. Si tomamos el puente en sentido estricto, el mismo no se muestra nunca como expresión. El puente es una cosa y sólo eso¿Sólo? Pues no: en tanto es cosa, coliga la Cuaternidad.
Nuestro pensar está habituado desde hace mucho tiempo a estimar la esencia de la cosa de un modo demasiado pobre.En el curso del pensar occidental esto tuvo como consecuencia que a la cosa se la representara como un ignotum Xafectado por propiedades percibibles. Visto desde esta perspectiva, todo aquello que pertenece ya a la esencia coligante de esta cosa nos parece, ciertamente, como un aditamento introducido posteriormente por la interpretación. Sin embargo, el puente no sería nunca un puente sin más, si no fuera una cosa.
El puente es, ciertamente, una cosa de un tipo propioporque coliga la Cuaternidad de tal modo que otorga (hace sitio a) un parajePero sólo puede abrir un espacio a un paraje aquello que en sí mismo es un lugar . El lugar no está ya presente antes del puente. Es cierto que antes de que esté puesto el puente, a lo largo de la corriente hay muchos sitios que pueden ser ocupados por algo. De entre ellos uno se da como un lugar, y esto ocurre por el puenteDe este modo, pues, no es el puente el que primero viene a estar en un lugar, sino que por el puente mismo, y sólo por él, surge un lugar. El puente es una cosa; coliga la Cuaternidad, pero coliga en el modo del otorgar (hacer sitio a) a la Cuaternidad un paraje. Desde esta paraje se determinan parajes de pueblos y caminos por los que a un espacio se le hace espacio.
Las cosas que son lugares de este modo, y sólo ellas, otorgan cada vez espacios. Lo que esta palabra «Raum» (espacio) nombra lo dice su viejo significado: raumrum quiere decir lugar franqueado para población y campamento.
Un espacio es algo aviado (espaciado), algo a lo que se le ha franqueado espacio, o sea dentro de una frontera, en griego"péras".
La frontera no es aquello en lo que termina algo, sino, como sabían ya los griegos, aquello a partir de donde algocomienza a ser lo que es (comienza su esencia). Para esto está el concepto: "orimos", es decir, frontera. Espacio es esencialmente lo dispuesto (aquello a lo que se ha hecho espacio), lo que se ha dejado entrar en sus fronteras. Lo espaciado es cada vez otorgado y de este modo ensamblado es decir, coligado por medio de un lugar, es decir, por una cosa del tipo puente. De ahí que los espacios reciban su esencia desde lugares y no desde «el» espacio.
A las cosas que, como lugares, otorgan paraje las llamaremos ahora, anticipando lo que diremos luego: construcciones. Se llaman así porque están producidas por el construir que erige. Pero qué tipo de producir tiene que ser este construir es algo que experienciaremos sólo si primero consideramos la esencia de aquellas cosas que, desde sí mismas, exigen para su producción el construir como producir. Estas cosas son lugares que otorgan paraje a la Cuaternidad, un paraje que dispone siempre un espacio. En la esencia de estas cosas como lugares está la relación de lugar y espacio, pero está también la referencia del espacio al hombre que reside junto al lugar. Por esto vamos a intentar ahora aclarar la esencia de estas cosas que lamamos construcciones considerando brevemente lo que sigue.
Primero: ¿en qué referencia están lugar y espacio?, y luego: ¿cuál es la relación entre hombre y espacio?
El puente es un lugar. Como tal cosa otorga un espacio en el que están admitidos tierra y cielo, los divinos y los mortales. El espacio otorgado por el puente (al que el puente ha hecho sitio) contiene distintos parajes, más cercanos o más lejanos del puente. Pero estos parajes se dejan estimar ahora corno meros sitios entre los cuales hay una distancia medible, una distancia — en griego "stadion" — es siempre algo a lo que se ha dispuesto (se ha hecho espacio), y esto por meros emplazamientos.
Aquello que los sitios han dispuesto es un espacio de un determinado tipo. Es, en tanto que distancia, lo que la misma palabra stadion nos dice en latín: un «spatium», un espacio intermedio. De este modo, cercanía y lejanía entre hombres y cosas pueden convertirse en meros alejamientos, en distancias del espacio intermedio. En un espacio que está representado sólo como spatium el puente aparece ahora como un mero algo que está en un emplazamiento, el cual siempre puede estar ocupado por algo distinto o reemplazado por una marca. No sólo eso: desde el espacio como espacio intermedio se pueden sacar las simples extensiones según altura, anchura y profundidad. Esto, abstraído así — en latínabstractum — lo representamos como la pura posibilidad de las tres dimensiones. Pero lo que esta pluralidad dispone no se determina ya por distancias, no es ya ningún spatiumsino sólo extensioextensión.
El espacio como extensio puede ser objeto de otra abstracción, a saber, puede ser abstraído a relaciones analítico-algebraicas. Lo que éstas disponen es la posibilidad de la construcción puramente matemática de pluralidades con todas las dimensiones que se quieran. A esto que las matemáticas han dispuesto podemos llamarlo «el» espacio. Pero «el» espacio en este sentido no contiene espacios ni parajes. En él no encontraremos nunca lugares, es decir, cosas del tipo de un puente. Ocurre más bien lo contrario: en los espacios que han sido dispuestos por los lugares está siempre el espacio como espacio intermedio, y en éste, a su vez, el espacio como pura extensión. Spatium y extensio dan siempre la posibilidad de espaciar cosas y de medir (de un cabo al otro) estas cosas según distancias, según trechos, según direcciones, y de calcular estas medidas. Sin embargo, en ningún caso estos números-medida y sus dimensiones, por el solo hecho de que se puedan aplicar de un modo general a todo lo extenso, son ya el fundamento de la esencia de los espacios y lugares que son medibles con la ayuda de las Matemáticas. Hasta qué punto la Física moderna ha sido obligada por la cosa misma a representar el medio espacial del espacio cósmico como unidad de campo que está determinada por el cuerpo como centro dinámico, es algo que no puede ser dilucidado aquí.
Los espacios que nosotros estamos atravesando todos los días están dispuestos por los lugares; la esencia de éstos tiene su fundamento en cosas del tipo de las construcciones. Si prestamos atención a estas referencias entre lugares y espacios, entre espacios y espacio, obtendremos un punto de apoyo para considerar la relación entre hombre y espacio.
Cuando se habla de hombre y espacio, oímos esto como si el hombre estuviera en un lado y el espacio en otro. Pero el espacio no es un enfrente del hombre, no es ni un objeto exterior ni una vivencia interior. No existen los hombres y además espacio. Porque cuando digo «un hombre» y pienso con esta palabra en aquél que es al modo humano — es decir: que habita — entonces con la palabra «un hombre» ya estoy nombrando la residencia en la Cuaternidad, junto a las cosas.
Incluso cuando tenemnos que ver con cosas que no están en la cercanía que puede alcanzar la mano, residimos junto a estas cosas mismas. No representamos las cosas lejanas meramente — como se enseña — en nuestro interior, de tal modo que, como sustitución de estas cosas lejanas, en nuestro interior y en la cabeza, sólo pasan representaciones de ellas. Si ahora nosotros — todos nosotros — , desde aquí pensamos el viejo puente de Heidelberg, el dirigir nuestro pensamiento a aquel lugar no es ninguna mera vivencia que se dé en las personas presentes aquí; lo que ocurre más bien es que a la esencia de nuestro pensar en el mencionado puente pertenece el hecho de que este pensar aguante en sí la lejanía con respecto a este lugar. Desde aquí estamos junto a aquel puente de allí, y no, como si dijéramos, junto a un contenido de representación que se encuentra en nuestra conciencia. Incluso puede que desde aquí estemos más cerca de aquel puente y de aquello que él dispone, que aquellos que lo usan todos los días como algo indiferente para pasar el río.
Los espacios y con ellos «el» espacio están ya siempre dispuestos para la residencia de los mortales. Los espacios se abren por el hecho de que se los deja entrar en el habitar de los hombres. Los mortales sonesto quiere decir: habitandoaguantan espacios sobre el fundamento de su residencia junto a cosas y lugares. Y sólo porque los mortales, conforme a su esencia, aguantan espacios, pueden atravesar espacios. Sin embargo, al andar no abandonamos aquel estar (del aguantar). Más bien estamos yendo por espacios de un modo tal que, al hacerlo, ya los aguantamos residiendo siempre junto a lugares y cosas cercanas y lejanas. Cuando me dirijo a la salida de la sala, estoy ya en esta salida, y no podría ir allí si yo no fuera de tal forma que ya estuviera allí. Yo nunca estoy solamente aquí como este cuerpo encapsulado, sino que estoy allí, es decir, aguantando ya el espacio, y sólo así puedo atravesarlo.
Incluso cuando los mortales «entran en sí mismos» no abandonan la pertenencia a la Cuaternidad. Cuando nosotros — como se dice — meditamos sobre nosotros mismos, vamos hacia nosotros volviendo de las cosas, sin abandonar la residencia junto a las cosas. Incluso la pérdida de relación con las cosas que aparecen en estados depresivos, no sería posible en absoluto si este estado no siguiera siendo lo que él es como estado humano, es decir, una residencia junto a las cosas. Sólo si esta residencia ya determina al ser del hombre, pueden las cosas, junto a las cuales estamos, llegar a nodecirnos nada, a no importarnos ya nada.
La relación del hombre con los lugares y, a través de los lugares, con espacios descansa en el habitar. El modo de habérselas de hombre y espacio no es otra cosa que el habitar pensado de un modo esencial.
Cuando reflexionamos, del modo como hemos intentado hacerlo, sobre la relación entre lugar y espacio, pero también sobre el modo de habérselas de hombre y espacio, se hace una luz sobre la esencia de las cosas que son lugares y que nosotros llamamos construcciones.
El puente es una cosa de este tipo. El lugar deja entrar la simplicidad de tierra y cielo, de divinos y de mortales a un paraje, instalando el paraje en espacios. El lugar dispone la Cuaternidad en un doble sentido. El lugar admite a la Cuaternidad einstala a la Cuaternidad. Ambos, es decir, disponer como admitir y disponer como instalar se pertenecen el uno al otro. Como tal doble disponer, el lugar es un cobijo de la Cuaternidad o, como dice la misma palabra, un Huis[3] una casa. Las cosas del tipo de estos lugares dan una casa a la residencia del hombre. Las cosas de este tipo son viviendas, pero no moradas en el sentido estricto.
El producir tales cosas es el construir. Su esencia descansa en que esto corresponde al tipo de estas cosas. Son lugares que otorgan espacios. Por esto, el construir, porque instala lugares, es un instituir y ensamblar de espacios. Como el construir produce lugares, con la inserción de sus espacios, el espacio como spatium y como extensio llega necesariamente también al ensamblaje cósico de las construcciones. Ahora bien, el construir no configura nunca «el» espacio. Ni de un modo inmediato ni de un modo mediato. Sin embargo, el construir, al producir las cosas como lugares, está más cerca de la esencia de los espacios y del provenir esencial «del» espacio que toda la Geometría y las Matemáticas. Este construir erige lugares que disponen un paraje a la Cuaternidad. De la simplicidad en la que tierra y cielo, los divinos y los mortales se pertenecen mutuamente, el construir recibe la indicación para su erigir lugares.
Desde la Cuaternidad, el construir se hace cargo de las medidas para toda medición transversal de los espacios y para toda medición de aquellos espacios que están individualmente dispuestos por los lugares instituidos. Las construcciones mantienen (custodian) a la Cuaternidad. Son cosas que, a su modo, cuidan (velan por) la Cuaternidad. Cuidar la Cuaternidad, salvar la tierra, recibir el cielo, estar a la espera de los divinos, guiar a los mortales, este cuádruple cuidar es la esencia simple del habitar. De este modo, las auténticas construcciones marcan el habitar llevándolo a su esencia y brindan una casa a esta esencia.
Este construir que acabamos de caracterizar es un dejar-habitar distinto de los demás. Si es esto de hecho, entonces el construir ha correspondido ya a la exhortación de la Cuaternidad. Sobre esta correspondencia se basa todo planificar el cual, por su parte, brinda a los proyectos las zonas adecuadas para sus líneas directrices.
Desde el momento en que intentamos pensar, desde el dejar-habitar, la esencia del construir que erige, experimentamos de un modo más claro dónde descansa aquel producir como una actividad cuyos rendimientos tienen por consecuencia un resultado: la construcción terminada. Se puede representar el producir de la siguiente manera: uno aprehende algo concreto y, no obstante, no acierta nunca con su esencia, que es algo traído que se pone delante. En efecto, el construir trae la Cuaternidad llevándola a una cosa — el puente — y pone la cosa delante como un lugar llevándolo a lo ya existente, que ahora, y no antes, está dispuesto por este lugar.
Producir (hervorbringen)[4] se dice en griego "tekhu". A la raíz tec de este verbo pertenece la palabra "tekhne", técnica. Este concepto, para los griegos, no significa ni arte ni oficio manual sino: dejar que algo — como esto o aquello, de un modo o de otro — aparezca en lo presente. Los griegos piensan la "tekhne", el producir, como un "dejar aparecer". La"tekhne" que hay que pensar así se oculta desde hace mucho tiempo en la tecnología de la arquitectura. Últimamente se oculta aún, y de un modo más decisivo, en la tecnología de los motores. Pero la esencia del producir que construye no se puede pensar de un modo suficiente a partir del arte de construir, ni de la ingeniería, ni de una mera copulación de ambas. El producir que construye tampoco estaría determinado de un modo adecuado si quisiéramos pensarlo en el sentido de la "tekhne" griega originaria sólo como un "dejar aparecer" que trae algo producido, como algo presente en lo ya está presente.
La esencia del construir es el dejar habitar. La consumación de la esencia del construir es el erigir lugares por medio del ensamblamiento de sus espacios. Sólo si somos capaces de habitar podemos construirPensemos por un momento en una casa de campo en la Selva Negra que un habitar todavía rural construyó hace siglos. Aquí a la casa la ha erigido el ejercicio reiterado de la capacidad de dejar que tierra y cielo, divinos y mortales entren simplemente en las cosas. Ha emplazado la casa en la ladera de la montaña que está a resguardo del viento, entre las praderas, en la cercanía de la fuente. Le ha dejado el tejado de tejas de gran alero, el cual, con la inclinación adecuada, sostiene el peso de la nieve y, llegando hasta muy abajo, protege las habitaciones contra las tormentas de las largas noches de invierno. No ha olvidado el rincón para la imagen de Nuestro Señor, detrás de la mesa comunitaria. Ha dispuesto en la habitación los lugares sagrados para el nacimiento y para «el árbol de la muerte», que así es como se llama allí al ataúd. Y de este modo, bajo el tejado, a las distintas edades de la vida les ha marcado de antemano la huella de su paso por el tiempo. A la casa de campo la ha construido un oficio que surgió, él mismo, del habitar. Un oficio que necesita, además, sus instrumentos y sus andamios como cosas.
Sólo si somos capaces de habitar podemos construir. La indicación de la casa de campo de la Selva Negra no quiere decir en modo alguno que deberíamos, y podríamos, volver a la construcción de estas casas. Significa que ésta, con un habitar que ha sidohace ver cómo este habitar fue capaz de construir.
Pero el habitar es el rasgo fundamental del ser según el cual son los mortales. Tal vez este intento de meditar en pos del habitar y el construir puede arrojar un poco más de luz sobre el hecho de que el construir pertenece al habitar y, sobre todo, sobre el modo en que el construir recibe su esencia del habitar. Se habría ganado bastante si habitar y construir entraran en lo que es digno de ser preguntado y de este modo quedaran como algo que es digno de ser pensado.
Sin embargo, el hecho de que el pensar mismo pertenezca al habitar — en el mismo sentido que el construir, pero de otra manera — es algo de lo que puede dar testimonio el sendero del pensar intentado aquí.
Construir y pensar, cada uno a su manera, son siempre ineludibles para el habitar. Pero al mismo tiempo serán insuficientes para el habitar mientras cada uno lleve lo suyo por separado en lugar de escucharse el uno al otro. Serán capaces de esto si ambos, construir y pensar, pertenecen al habitar, permanecen en sus propios límites y saben que tanto el uno como el otro vienen del taller de una larga experiencia y de un incesante ejercicio.
Intentamos meditar buscando la esencia del habitar. El siguiente paso sería la pregunta: ¿qué pasa con el habitar en ese tiempo nuestro que tanto da para pensar? Se habla por todas partes, y con razón, de la carencia de viviendas. No sólo se habla, se ponen los medios para remediarla. Se intenta evitar esta penuria haciendo viviendas, fomentando la construcción de viviendas, planificando toda la industria y el negocio de la construcción.
Pero, por muy dura y amarga, por muy embarazosa y amenazadora que sea la carencia de viviendas, la auténtica penuria del habitar no consiste en primer lugar en la falta de viviendas. La auténtica penuria de viviendas es más antigua que las guerras mundiales y las destrucciones. Más antigua aún que el crecimiento demográfico sobre la tierra y que la situación de los obreros de la industria. La auténtica penuria del habitar residen en el hecho de que los mortales primero tienen que volver a buscar la esencia del habitar; de que tienen que aprender primero a habitar.
¿Qué pasaría si la falta de suelo natal del hombre consistiera en que el hombre no considera aún la propia penuria del morar como una penuria? Sin embargo, en el momento en que el hombre considera la falta de suelo natal, ya no hay más miseria. La falta de una patria es, pensándolo bien y teniéndolo bien en cuenta, la única exhortación que llama a los mortales al habitar.
Pero ¿de qué otro modo pueden los mortales corresponder a esta exhortación si no es intentando por su parte, desde ellos mismos, llevar el habitar a la plenitud de su esencia? Llevarán a cabo esto cuando construyan desde el habitar y piensen para el habitar.

1)- En el alemán actual, "wohnen" significa habitar; "Wohnung" es vivienda. (N. del T.)
2)- En inglés actual "thing" significa, efectivamente: "cosa" (N. del T.)
3)- Huis. En el alemán actual "Haus" significa "casa". (N. del T.)
4)- hervorbringen = hacer surgir, hacer aparecer. (N. del T.)


miércoles, 13 de marzo de 2013

EL ESCORIAL Y OTRAS PUERTAS DEL INFIERNO

El Escorial y otras puertas del infierno
febrero 8, 2012 por maestroviejo
El lúgubre e impresionante monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial, construido por orden de Felipe II, es uno de los monumentos más emblemáticos de todo el mundo. Las leyendas cuentan que fue erigido para tapar nada menos que una boca del infierno, como ocurrió en otros recónditos lugares. ¿Qué se oculta tras sus gruesos muros de piedra…?
por Juan Ignacio Cuesta.
Revista española ENIGMAS Nº 178.

Cuentan que cuando suenan las doce campanadas a medianoche en el monasterio de San Lorenzo el Real, en el pueblo madrileño de El Escorial, se escucha simultáneamente la risa del fantasma de Felipe II. el rey que lo concibió y mandó construir. Es una de las leyendas de este lugar mágico, sagrado, misterioso… y siniestro para muchos. Ésta se explica por el crotoreo de las cigüeñas que anidaban en sus tejados cuando no se impedía que pusieran sus nidos. Pero hay muchas otras, y la más notable entre ellas es la que afirma que con este colosal santuario, equiparable a cualquiera de las grandes pirámides egipcias, quiso tapar una de las puertas que conducían directamente al infierno… un infierno muy particular, como vamos a comprobar.

El Rey contra el Señor de las Tinieblas
Felipe II de Habsburgo. uno de los mandatarios más poderosos de toda la historia de Occidente, fue un hombre del que hoy podemos decir dos cosas: era más un tecnócrata maniático que un monarca, y era inmensamente supersticioso. Si hoy día fuera a la consulta de un psiquiatra, seguramente le diagnosticarían un síndrome que explicara su particular personalidad, en la que se mezclaba un temperamento maníaco-depresivo con una aparente y sorprendente serenidad… y una de sus principales fobias eran el diablo, sus legiones de ángeles traidores, y aquel tenebroso reino del fuego que podría atormentarle eternamente.
Por eso sus dimensiones política y espiritual fueron siempre a la par. y ésto se reflejó en su más magna obra, un colosal edificio sagrado que también habría de convertirse en símbolo de su poder y de sus creencias. Lo levantó atendiendo a una petición de su padre Carlos I y le consagró para siempre como máximo defensor de una manera un tanto fanática de vivir un catolicismo fundamentalista que ocultó -y oculta- algunos de sus devaneos heterodoxos.
Nos cuenta el cronista oficial de la historia del edificio, el padre Jerónimo fray José de Sigüenza. que para decidir cuál era el lugar idóneo donde edificarlo se convocó una comisión de expertos donde había “hombres sabios, filósofos, arquitectos y canteros experimentados en el arte de edificar para examinar la sanidad, la abundancia de aguas y aires… conforme a la doctrina de Vitrubio” Se les incorporaron otros frailes de la Orden de San Jerónimo, buenos conocedores de la Biblia y de las “intenciones reales” Éstos serían los primeros que habitarían la clausura del futuro monasterio para rezar continuamente por su fundador y su familia y así conjurar al “amo de las tinieblas”.
Tras descartar otros lugares, se reunieron el 14 de noviembre de 1561 para visitar el sitio e informar al monarca. Iban presididos por uno de los secretarios personales de Felipe II, Pedro del Hoyo, viejo compinche del rey en realizaren secreto experimentos de alquimia en su casa de Madrid.
En la crónica del padre Sigüenza se cuenta cómo transcurrió la jornada. Se presentó un tanto turbulenta, y en ello quisieron los piadosos investigadores ver una señal. Soplaba un viento muy fuerte y terminaron zarandeados por un violento huracán que “no les dejaba llegar hasta el sitio, y arrancó las bardas de la pared de una viñuela. arrojándolas sobre sus rostros” Y. “de este viento, despertado tan de repente en esta ocasión, han conjeturado algunos, con no poco fundamento, cuánto le ha pesado al demonio que se levantase una fábrica donde, como de un alcázar fuerte, se le había de hacer mucha guerra”.
Además, tomaron nota de viejas leyendas populares que hablaban de una mina cuyas galerías llegaban hasta las mismísimas puertas del infierno y por donde salía a veces el diablo envuelto en chispas. En eso se basan las afirmaciones de quienes piensan que el santuario fue construido para taponar ese acceso y poner su control bajo la tutela del Rey Prudente. Dicho así. todo parece explicable sin darle más vueltas. Pero hay más. En el monasterio hay algunas claves que debemos conocer para indagar en la complicada mente de Felipe II, y su sensibilidad ante este tema.

Orfeo baja al infierno
en la biblioteca escurialense
No hay muchos tratados y creo que casi ningún guía oficial, que vaya a explicarnos dónde mirar y cómo. Por eso hay que desvelar aquí, donde no nos los pueden impedir, qué lugares hay que visitar en este laberinto y en qué cosas fijarse para entender sus misterios.
Iremos en primer lugar a la biblioteca, a la que llegaron libros muy especiales, sobre todo los que trataban de brujería, demonología, alquimia, conjuros y otros temas prohibidos -como el enigmático y buscado Enchiridion, de León III, un poderoso tratado de magia-. Todos fueron condenados por la Iglesia y perseguidos por la Inquisición, que intentó quemar los ejemplares. Pero, aunque la mayoría está en paradero desconocido, quedaron los que escondió en secreto -con la complicidad real- su creador y primer custodio, el extremeño Benito Arias Montano, a quien sucedió fray José de Sigüenza. Allí puede encontrarse también el siniestro Malleus maleficarum, un manual eficaz para reprimir todo paganismo a base de torturar con dureza a los sospechosos de tener tratos con seres sobrenaturales.
Este santuario, donde se intentó reunir todo el saber alcanzado hasta entonces, fue decorado por los pintoresTebaldi y Carducci siguiendo instrucciones de Arias Montano, fray José y Juan de Herrera. Con el consentimiento real, incluyeron claves esotéricas sobre la esencia del edificio, destinadas a ser entendidas por unos pocos iniciados.
Empezando por la referencia más antigua, fijémonos en una pintura que nos muestra a Orfeo descendiendo al infra-mundo a rescatar de la muerte a su esposa Eundice. Lleva en la mano una lira con la que adormecerá al terrible can Cerbero, guardián de tres cabezas que custodia la tenebrosa puerta de una sola dirección. Llega hasta donde se halla el espíritu de su amada. Conmovidos, los reyes de los infiernos Hades y Perséfone, permiten que regresen al mundo, pero ella desobedece los mandatos de la sibila Proserpina y vuelve la cabeza para mirar atrás. Por eso es castigada, y devuelta a las profundidades.
Esta referencia al mito clásico nos permite conocer cómo concebían los paisajes infernales, algo distintos a los que fueron adoptados por el cristianismo, basados en antiguos mitos y creencias de los pueblos de Oriente Medio.
Para el mundo clásico, la puerta a la morada de los espíritus estaba en la orilla opuesta a la de la vida de la laguna Estigia. Los hombres sólo podían cruzarla tras morir subiendo a la barca de Caronte -a quien tenían que pagar con un moneda, por eso se les ponía una en la tumba-. Ya sabemos que no regresaba casi nadie. Luego, según los méritos de cada uno, man al cielo olímpico, los Campos Elíseos, lugar de plenitud y felicidad -un tanto orgiástica- junto a los dioses, o al Tártaro, un reino de dolor y desesperación, un pozo boscoso, oscuro y enmarañado, donde sufrirían torturas por las faltas cometidas. En este infierno no hay ninguna referencia específica a un posible fuego eterno.
Esta zona está dedicada a la Música, una de las disciplinas del Quadrivium medieval, porque la lira de Orfeo tiene poder sobre los guardianes del más allá. Cerca, presidiendo el centro de la sala, vemos otro personaje poderoso, el rey Salomón, que propone enigmas numéricos a la reina de Saba.
El acoso del
perro negro


Uno de los momentos más dramáticos que afectaron a la construcción del monasterio fue cuando apareció un enorme y misterioso “perro negro”, que arrastraba cadenas y aullaba de modo que helaba la sangre de los que lo escuchaban, y deambulaba por las obras. Los más intrigantes afirmaban que “era indicio de los motines que en secreto iban urdiéndose contra el rey, que obtenía los fondos para su obra de una abusiva aleábala -impuesto- de diez a uno. que los gemidos del can eran los de los pobres del reino, y el rumor de cadenas, las que imponía a los humildes” No faltó quien considerase que aquel lebrel era el diablo, que quería impedir que se tapase la puerta de su guarida.
Según se cuenta, estaban los monjes en maitines, cuando los lejanos ladridos obligaron a detener los rezos. El espanto era evidente en sus rostros.
Fue en ese momento cuando el jefe  de  obras,  fray  Antonio  de Villacastín. acompañado de otro fraile, fueron a buscar al origen de los rumores. Se trataba de un sabueso que se le había escapado al marqués de las Navas y andaba perdido. El fraile, “asiólo del collar con harto poco miedo, subiólo al claustro grande y colgólo de un antepecho, donde lo vieron a la mañana cuantos entraban a oír misa…” Y allí estuvo hasta que su esqueleto cimbreándose al viento debería convencer a todos de que ningún diablo acechaba. Sin embargo, fue peor, porque a partir de entonces cada vez que se escuchaba un aullido lastimero  en  la  noche todos temblaban, pero ahora por el espectro del can. que según parece persiguió a Felipe II hasta el momento de su muerte, reclamándole para llevarle a aquel infierno que intentó tapar.
Salomón y su magia
Sabemos que se atribuye al hijo del rey David ser uno de los más grandes magos de todos los tiempos. Tanto fue así que la leyenda afirma que cambió su efigie durante un tiempo con el demonio Asmodeo, al que había atrapado con su poder, para poder descender a las cavernas donde estaba la escuela de Hermes, donde adquirió toda su legendaria sabiduría. Mientras tanto, el sustituto fue dirigiendo las obras del primer Templo de Jerusalén. Cuando el rey volvió al mundo, encerró al demonio en una de las columnas del Templo, constituyéndose en su guardián, y por añadidura, en custodio del conocimiento oculto.
Pues bien, en la pintura mencionada que preside la biblioteca, aparecen las únicas palabras del judaismo representadas en el edificio, en una época donde todo lo judío era causa suficiente para ser perseguido por la Inquisición: Omnia in numero pondere et mensura. Se trata de una sentencia del Libro de la Sabiduría (11,20). -Todo lo dispusiste con número, peso y medida-.
Piensa el investigador Andrés Vázquez, que dos errores ortográficos en la grafía hebrea podnan tener la clave de la ubicación de secretos importantes, por ejemplo el lugar donde se ocultaron los libros malditos. Quizá una pequeña “biblioteca infernal” que el rey quiso controlar personalmente. Un tema implícito en el libro Inferno, de la doctora en Historia de la Medicina Mar Rey Bueno.
Hay otras claves que permiten seguir encontrando sorpresas en esta “Boca del Infierno”: las innumerables reliquias que contiene, la afición del rey a la pintura de El Bosco, y la función de la Torre de la Botica y su Casa de las Aguas.
La maldición de la Casa de las Aguas

En la llamada Torre de la Botica, la que mira hacia Poniente, Felipe II mandó instalar la Casa de las Aguas, un espacio destinado a enfermería y laboratorio que sirvió para practicar la alquimia, la espagiria y la destilación.
El primer boticario se llamó Francisco Bonilla, hombre de carácter terriblemente irascible. A Vincenzo Forte se le encargó la construcción de un gran artificio destilador llamado la Torre de Mattiolo. Jean l’Hermite. viajero y cronista, nos da la lista de algunas sustancias empleadas. Algunas nos permiten deducir qué cosas se intentaron obtener: “Azufre, cobre, coral, hierro, oro potable, piedra alumbre, plomo, quintaesencia de vino, tártaro, vitriolo, ajenjos, llantén, láudano, melisa, resina, ruda”
Sabemos que la primera intención real era obtener oro. pero por su mala salud y ante los fracasos, decidió mandar la obtención de las que llamaban quintaesencias, o sea. el principio activo puro de plantas y minerales. Por lo tanto, podemos afirmar que basándose, y en algunos casos dando categoría oficial a viejas prácticas que habían llevado a hechiceros y brujas ante los tribunales de la Inquisición -algunos terminaron en la hoguera-, fueron desarrollando la farmacopea del Siglo de Oro. Ejemplos: el láudano por ejemplo, creado por el alquimista Paracelso. era básicamente opio disuelto en alcohol: la ruda es una planta que había sido utilizada popularmente para realizar prácticas abortivas.
Tales actividades eran muy impopulares, tanto entre los religiosos más ortodoxos, como entre las gentes supersticiosas, que veían en ellas manejos poco piadosos. No había duda, sobre todo porque aquella torre era -y es. por su situación- la más frecuentemente preferida por los rayos, fueran estos voluntad de Dios, que no aprobaba su existencia, o del demonio, que espectacularmente la adornaba como prueba de su influencia en cuanto allí se hacía.
Cuenta además un “rumor popular” que desde entonces, en las noches tormentosas, en el balcón que comunica aquella Torre maldita con la Galería de Convalecientes, puede verse el fantasma de su primer boticario. Hoy día. curiosamente es uno de los espacios de acceso más limitado de todo el Monasterio de El Escorial, por alguna razón que. o no sabe nadie, o nadie quiere contar.

Reliquias contra demonios
Lucifer, el “ángel rebelde”, es un personaje que tenía muy presente el Rey Prudente, pero del que seguramente poseía una idea equivocada a juzgar por su comportamiento supersticioso -en contra de la actitud oficial de la Iglesia, que por otra parte consentía la veneración popular-. Así, acumuló para luchar contra estos primigenios “enemigos de Dios”, casi siete mil reliquias de distintos santos -muchas de autenticidad más que dudosa-.
Tenerlas allí significaba proteger su “puerta del infierno” contra los ataques furibundos de las fuerza del mal, por ejemplo rayos y tormentas, atribuidos en numerosas ocasiones a los manejos de Satanás. Por eso se colocó en la cúpula o cimborrio, una hornacina con supuestos restos de San Pedro, Santa Bárbara y otros santos indeterminados. También lo hizo en otros lugares del edificio.
Hoy, gracias a la libertad que tienen los investigadores de la que carecían en otras épocas, conocemos cosas del mito de los “ángeles caídos” que nos permiten asombrarnos de creencias como esta. Lucifer es “El que lleva la luz -la Aurora-”. Está relacionado simbólicamente con un fenómeno, la presencia en el cielo de la estrella de la mañana o lucero del alba, el planeta Venus, que también puede ser el de la tarde o véspero, cuando es visible al atardecer.
En este sentido lo empleó Isaías (14:12) en un texto traducido por San Jerónimo al latín para la Vulgata en el siglo V: “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!…”. Aunque al parecer el profeta se refería a un rey babilonio, los padres de la Iglesia lo relacionaron con la mítica caída del arcángel, que cometió el pecado de soberbia. Después, el cristianismo le asimilaría a la figura del maligno. Metafóricamente, las “estrellas caídas” pueden ser tanto ángeles como los reyes de Israel, identificados ambos con estos astros.
Los judíos consideraron que Lucifer y Satán eran dos entes distintos. Este último -también llamado Belial- sería el “tentador” a quien Dios encarga probar la virtud de los hombres -los gnósticos consideran que realmente su verdadera función es la de iniciador en los más escondidos secretos al aspirante a la sabiduría-. Una figura procedente del Shatan bíblico, “el oponente y acusador”, delator de los hombres ante el tribunal divino, portante su mayor enemigo. Los luciferinos, por su parte, lo equiparan en poder a su Creador.
Según el Nuevo Testamento, en su condición de ejecutor absoluto del mal, tienta a Jesucristo e incita a los hombres a pecar y portante es el “adversario” de toda bondad, del Bien.
En sentido estricto, no se trata de ninguna de las Bestias del Apocalipsis -mucha gente lo cree así-. Por lo tanto, el famoso número 666 no tendn’a nada que ver con el diablo en ninguna de sus denominaciones, sino con un ente creado por San Juan Evangelista, el Anticristo, cuya llegada anunciará el fin de los tiempos. Para ser más didáctico, empleó un intenso dramatismo: “Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo”. (Ap. 13:1). “Aquí hay sabidun’a. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis”. (Ap. 13:18).
Como vemos, todo lo demoníaco o diabólico pertenece al mundo de lo simbó-lico-espiritual, por lo tanto, los infiernos -tal y como reconoce la moderna teología e hizo Juan Pablo II-, señan más un estado del alma que un lugar donde hay tormentos físicos -fuego, azotes…-.
¿De dónde proceden, pues, las descripciones que llevaron a los artistas a crear una iconografía terronfica con tormentos terribles e infinitos? Pues de varias fuentes, entre las que destacó la iconografía medieval -románica y gótica- y la Divina Comedia de Dante Alighieri, relacionada con la Eneida de Virgilio. Ambas inspiraron a un hombre fundamental para explicar las inquietudes de Felipe II: Hieronimus van Aken, umversalmente conocido como El Bosco, cuyas pinturas buscó con la vehemencia empleada con las reliquias.
Monstruos e infiernos
medievales y renacentistas
Para entender la imagen que más pesó sobre los terrores nocturnos de aquel hombre atormentado por el más allá, hay que conocer bien los que se vivieron durante el final del primer milenio.
Sin duda en aquel ambiente influyó notablemente la aparición entre los siglos X y XI de varios manuscritos acompañados de características ilustraciones ricamente iluminadas, llamados Beatos. Se trata de copias del Apocalipsis de San Juan, acompañadas de los Comentarios, elaborados en el siglo VIII por Beato, abad de Santo Toribio de Liébana (Cantabria), de quien procede su nombre. Uno de ellos es uno de los más importantes libros que se conservan en la Biblioteca de El Escorial.
Las imágenes que contienen recrean los monstruos y señales que habrian de acompañar la aparición del Anticristo, como anuncio del fin de todo. Pero lo que más nos importa es que de ellas procede gran parte de la iconografía medieval, cuyo estilo mezcla corrientes bizantinas y árabes que entraron en Europa a partir del año 711, cuando comienza oficialmente la Reconquista.
El bestiario románico, por ejemplo, concibe terribles monstruos que pueden ser diablos, pero también representaciones grotescas de la fealdad del pecado e incluso supuestos espíritus malignos o protectores de los edificios. La evolución al gótico significa la aparición de la gárgolas y demonios que protegen fundamentalmente las catedrales, a las que también se consideró tapones de los accesos al infierno. En algunos pórticos aparecen estos diablos, unas veces como alimañas, otras como seres antropomorfos de aspecto terronfico, y en otras, seres fabulosos que devoran las almas de los pecadores.
En cuanto a la Eneida, Eneas va a visitar a la sibila de Cumas, a la que dice: “Una sola cosa te pido, pues es fama que aquí está la entrada del infierno, aquí la tenebrosa laguna que forma el desbordado Aqueronte…”. La profetisa le indica que para entrar a buscar a su padre al Averno tiene que conseguir una áurea rama que será la llave del inframundo. James Frazer dice en su célebre ensayo La Rama Dorada que se trata de muérdago, una planta sagrada porque, al no crecer en el suelo, no puede ser utilizada como instrumento por los espíritus malignos. Las descripciones de Eneas de los paisajes recorridos incluyen frases como esta: “Todo el centro del Averno está poblado de selvas que rodea el Cocito con su negra corriente”. Basándose en este poema, Dante recreó cómo sena el infierno y el purgatorio, donde le sirve de guía el espíritu de Virgilio. El infierno es un cono que penetra en las profundidades en nueve círculos. En el último están Lucifer y Judas, que es devorado continuamente por sus fauces.
El purgatorio es simétrico al Infierno, pero esta vez se trata de una meseta con siete escalones donde, por orden de gravedad, se purgan los pecados hasta llegar a conseguir la redención que conducirá las almas al cielo.
Este último es visitado por el poeta, pero esta vez acompañado de Beatriz, la “beatificadora”.También tiene nueve círculos y presenta una estructura semejante al Sistema Solar, con su centro en la Tierra. En el último, por supuesto, está Dios como controlador de cuanto existe a través del amor.
Un poderoso grimorio y un libro maldito

El Enchiridion Leonis Papae, supuestamente oculto en algún lugar relacionado con el Monasterio, sería una colección de oraciones mágicas, creadas por el León III, para ofrecérselas a Carlomagno. Tendrían un inmenso poder para su poseedor, y por eso fue ambicionado por monarcas como Carlos V y Felipe II. El Malleus Maleficarum, el “Martillo de las Brujas”, es obra de dos frailes dominicos alemanes, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, quienes pretendieron haber sido comisionados por Inocencio VIII en 1484 para compilarlo y escribirlo.
Se trata de un siniestro manual de cómo detectar, perseguir, interrogar y torturar a aquellos a quienes se sospechaba tenían tratos diabólicos, en especial las mujeres,
a las que consideran seres inferiores con mayor susceptibilidad de ser engañadas     por Satanás.
Fue influyente en todos los procesos que se incoaron durante el Renacimiento y hasta el siglo XVII. Todo un catálogo de las vejaciones, injusticias y aberraciones a las que las autoridades religiosas sometieron a muchas gentes inocentes.
Prácticas totalmente equiparables a los tormentos que supuestamente se sufren en el infierno.os tres reinos del Bosco 
Todo lo dicho fue resumido por El Bosco en su obra más famosa y enigmática. Se trata de un tríptico llamado El Jardín de las Delicias que, cerrado, representa el tercer día de la Creación, donde se ve a la Tierra dentro de una esfera transparente. Su parte izquierda representa la Creación de Adán y Eva y el Pecado Original, que significó la desobediencia femenina. Hay elementos simbólicos impactantes, como una alucinante Fuente de la Vida, o el Árbol del Bien y del Mal en el que se enrosca la serpiente -que erróneamente se identifica con el Diablo cristiano, cuando es un símbolo de sabiduría-. El Árbol de la Vida, que es un drago canario, especie que no se sabe cuándo conoció el autor, que jamás estuvo allí. Algunos animales son desconocidos, inspirados en los monstruos medievales. En primer plano existe una entrada a los reinos inferiores por donde asoman algunas criaturas siniestras -otra Puerta del Infierno-.
La tabla central recrea el engañoso mundo como un falso Edén sensual y promiscuo. Arriba, la Fuente de los Cuatro Ríos, quebrada como alegoría de la inconsistencia de la vanidad. En el centro, la Cabalgata de los Deseos, gira alrededor de un lago lleno de mujeres que se bañan desnudas. Debajo, pueden adivinarse practicas heterosexuales, homosexuales, “placeres solitarios”, e incluso sexo con animales. Y a la derecha, las imágenes que turbaban tanto la mente del rey. El infierno es aquí un lugar donde pecados y faltas son castigados de modos delirantes. Destaca un hombre-árbol, un extraño montaje donde aparece un rostro que podria ser tanto el demonio como el propio pintor y el infierno musical, en que diversos instrumentos, como un arpa, torturan a los condenados.
Muchos motivos son de imposible interpretación sin suponer que debió detener conocimientos ocultos, algo que Felipe II intentaba desentrañar continuamente, como una clave para conjurar el mal absoluto. En este sentido se pronunció el retratista Domenicus Lampsonius con este ditirambo: “¿Quién fuiste tú, Jerónimo Bosch, que con mirada atónita, descubres pálidos lémures? Volotean cercanos espectros del Erebo salidos del fondo del Tártaro.¿0 fuiste tú mismo al Averno, para poder así pintarlos con tu diestra?”.
Pues este cuadro, que el Rey Prudente consiguió a cualquier precio, presidió su habitación en el monasterio y su vida, y sus imágenes le persiguieron hasta el momento de su muerte, en la que quiso tenerlo delante.
¿Es este colosal santuario, uno de las más grandes del mundo, una puerta del infierno? Pues en el sentido real no exactamente, puesto que tal antro no está en el mundo físico.
Pero en el simbólico lo es, porque así lo quiso su fundador, un bastión en contra de las potencias del mal y de los enemigos de la fe tal y como la entendía Felipe II, el rey más poderoso de su tiempo, que dotó a este lugar de los instrumentos adecuados a su función. Y como correspondía a un hombre de ideas atormentadas, su obra resulta, incluso hoy, y después de las muchísimas adulteraciones a que ha sido sometido, un lugar un tanto siniestro para muchos…, un lugar de poder, positivo para algunos y negativo para otros, según la sensibilidad de cada uno, un enclave que todavía alberga numerosos misterios que aguardan a ser desentrañados. Quizá, una puerta a ese infierno que todos tememos.
Otras puertas del infierno

Si el monasterio de El Escorial fue erigido para sellar una “puerta” del infierno, no fue el único templo levantado aparentemente con la misma finalidad. En diferentes lugares de laTierra, cuentan las leyendas que se hallan otras entradas al averno. Viajamos a cada uno de esos recónditos lugares y conocemos de mano del autor la visión del ¡nframundo en las diferentes culturas y religiones.
por Juan Ignacio Cuesta.
Revista española ENIGMAS Nº 178.
El Hades
En la mitología griega, Hades, el invisible, es el dios de los muertos, asimilado a Plutón, el rico -dueño de los tesoros del interior de laTierra-, que pasaría al mundo romano como Orcus o Dis Pater, incorporando al equivalente etrusco, Aita. Por extensión también se llamaba así al reino de los muertos. El término pasó al mundo cristiano y es citado en diversos lugares del Nuevo Testamento (Mateo 11:23, 16:18; Lucas 10:15, 16:23; Hechos de los Apóstoles 2:27-31 y Apocalipsis 1:18, 6:8, 20:13-14). Exceptuado el último, no queda claro si el término se refiere al infierno o simplemente a la muerte, de la que Lázaro es rescatado. Según La Eneida, el extenso poema de Virgilio, la entrada se encuentra cerca del antro donde la Sibila de Cumas adivina el futuro: “Descendiente de la sangre de los dioses, troyano, hijo de Anquises, fácil es la bajada al Averno; día y noche está abierta la puerta del negro Dite; pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es arduo o difícil…”.
Como vemos, la puerta es un cráter apagado que está entre Miseno y Dicearquia cercano a Cumas, en Campania, llamado Averno. El griego Diodoro Sículo, dice que allí hay un lago llamado también Aornos -sin pájaros-. En el año 37 a.C. Agripa abrió una conexión entre él y otro lago, el Lucrino, y excavó un túnel hasta la cueva de la Sibila. Este reino de los muertos se divide en un lugar equivalente al Cielo cristiano llamado los Campos Elíseos, y otro al infierno, el Tártaro. Las almas de los muertos debían ¡r allí navegando por el río Aqueronte -en la barca de Caronte- para ser previamente juzgadas.
Además de este río de la pena, había en el Hades o Erebo otros cuatro. Cocito, el de los lamentos; Lete, el del olvido, donde las almas borraban sus recuerdos; Flegetonte, el del fuego; y el Estigia, del odio, frontera entre la vida y el ¡nframundo, presidido éste por Hades y su esposa Perséfone.
La terna de jueces de las almas estaba formada por Minos, que juzgaba a los griegos, Éaco a los europeos, y Radamantis a los asiáticos, consagrados los tres a la diosa Hécate. La virtud, la bondad y el heroísmo eran premiados y la maldad y la impiedad conducían al Tártaro. Una serie de daimones -demonios-, ayudaban en estas tareas.
Al igual que Hades,Tártaro es una deidad, y para algunos “algo” infinito del que proceden la Luz y el Cosmos. En la Ilíada, Zeus le sitúa “tan abajo del Hades como el cielo está de alto sobre la tierra”. Un lugar oscuro rodeado de tres capas nocturnas que rodean una cárcel con muros de bronce…, un pozo frío y húmedo en las tinieblas. Junto al Caos, Gea -la Tierra- y Eras, surgen para conformar el Universo.
Según la mitología, varios vivos se aventuraron allí y volvieron, Odiseo, Eneas, guiado por la terrible Sibila, Orfeo, Psique y Teseo.
Los castigos que se sufren en este lugar son enormemente gráficos. Sísifo, asesino y ladrón, tenía que subir eternamente una roca que luego caía. Ixión, que asesinó a su suegro con llamas, fue condenado a girar en una rueda ardiente. Tántalo, que traicionó a los dioses revelando sus secretos, fue introducido en un recipiente de agua fría que desaparecía cada vez que intentaba beber.
El infierno islámico

Son siete los nombres de las puertas al infierno musulmán, relacionadas con formas de pecar: An-nar -fuego-, Jahannam -infierno-, ASjatiim -fuego abrasador-, Sai’ir -llama abrasadora-, Saqar -fuego del infierno-, Lasa -fuego crepitante- y Hutama -tormento demoledor-.
Como vemos el lugar en sí mismo sería el Jahannam, sobre el que existen dos opiniones. Para los mu’tazilites, quien muere sin arrepentirse, aunque no sea infiel, sufrirá como aquellos, sin posibilidad de redención. Pero para los ash’arites, la forma de salvación es la fe del corazón. En esas condiciones la misericordia divina aceptará que Mahoma interceda por ellos, no siendo castigados.
Según la moral del Islam, el arrepentimiento ha de ser universal y repetirse para cada falta, no por miedo, sino por la “ofensa a Dios”, y debe suponerla firme intención de no volver a hacerlo, reparar los daños causados y peregrinar a la Meca, viaje que borrará los pecados.
El Corán afirma que fuera de su fe no hay salvación, ni siquiera con las buenas obras. “Son ellos los que no creen en los signos de su Señor, ni en que le encontrarán. Vanas habrán sido sus obras y el día de la resurrección no les reconoceremos peso. Su retribución será la gehena por no haber creído y por haber tomado a burla Mis signos y a Mis enviados” -Sura 18.105-106-. O sea, no hay salvación para los no musulmanes.
En cuanto a dónde se encuentra, hay distintas escuelas. Unos lo sitúan en el interior de la Tierra, otros en un lugar del Cielo y otros prefieren no opinar puesto que sólo Dios lo conoce. Pero concuerdan cuando afirman que es enorme e inmensamente profundo. Una piedra tarda años en llegar hasta el fondo.
En general, los tormentos que allí se infringen a los distintos pecadores son de intensidad progresiva de acuerdo con la magnitud de la falta y casi todos relacionados con el fuego o con la ingesta de alimentos insoportablemente amargos, o beber líquidos hediondos a base de sangre y pus. Evidentemente se trata de metáforas para hacer más gráfico un estado de sufrimiento espiritual, puesto que lo descarnado no puede alimentarse físicamente, ni arder. En este sentido hay pocas referencias a lo que los católicos definen como “pena de sentido”, o sea, no poder contemplar a Dios, máxima aspiración del alma.
Los sufíes, místicos musulmanes, sí lo hacen cuando afirman que la más grande tortura, incluso en vida, es simplemente no aceptar a Dios íntimamente y abandonarse en él. Así, “La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y aspira”.
Etna y el Stromboli
Algunos volcanes han sido considerados puertas a diversos infiernos por razones obvias. Así le pareció, por ejemplo, al madrileño Ruy González de Clavijo tras el viaje que hizo, comisionado por Enrique el Doliente, ante el gran Tamerlán entre los años 1403 y 1406 y que reflejó en su libro Vida y hazañas del gran Tamorlan con la descripción de las tierras de su imperio y señorío. Entre sus descripciones hay algunas realmente curiosas, como esta: “… luego un poco adelante a la mano izquierda apareció otra isla de una sierra alta que es llamada Strangol, y tiene una boca por do salía el humo y fuego, y en la noche salió grandes llamas de fuego por la dicha boca con grandísimo ruido…”.
Años después, el cordobés Pedro Tafur, en tiempos de Juan II de Castilla, se lanzó a ver mundo, lo que le llevó a visitar tres continentes entre 1436 y 1439. En su libro Andanzas e viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo ávidos, que se publicó por primera vez en 1874, figuran frases como esta: “e allí enfrente está la isla del Volcán, que dizen que es una de tres bocas del infierno, porque continuadamente langa fumo e tronidos e salen grandes escorias por la boca, que corren fasta el agua, e tan livianas son que andan encima del agua. E luego cerca está otra boca, que llaman Estrangulo, que asi mismo faze aquel ruido que lo otro… e de allí fuemos a la cibdad de Catanea, que es en la falda de Mongibel, la tercera boca del infierno”. Al parecer.se refiere al Etna y al Stromboli. La ciudad, por supuesto es Catania, en Sicilia, a los pies del volcán, lugar que ha sufrido erupciones y terremotos en varias ocasiones -4 de febrero de 1169 y 1693-, que la han destruido. La lava llegó hasta sus alrededores y luego hasta el mar.
En cuanto a Stromboli, en la isla del mismo nombre en el mar Tirreno, al norte de Sicilia, la última erupción fue en 1930, aunque empezó otra en 2007 Lo más característico del lugar es la Sciara de Fuoco, un “río de fuego” que se aprecia en la noche desde el mar.
Otra ciudad italiana que alberga una puerta del infierno esTurín, donde dicen que está en el interior de una alcantarilla, cerca de Via Cibrario.
El Cementerio del pueblo de Stull
Esta pequeña villa estadounidense, de unos veinte habitantes, difícil de localizar en guías de carretera, está en Kansas, cerca de Lawrence, y su fama no le viene por ninguna hazaña realizada por sus habitantes vivos, sino por los fenómenos sobrenaturales que se dice suceden allí y por quienes ya parecen descansaren el cementerio que corona la colina. De él cuenta que es una de las siete entradas del infierno. Veamos porqué…
Son muchas las leyendas que tienen como protagonistas a su iglesia y al mencionado camposanto, donde hay quienes ven fantasmas e incluso al diablo en persona dos veces al año.
Por eso se reúnen allí satánicos y wic-canos para realizar sus rituales en los equinoccios, afirmando cosas como que allí hay enterrado un muchacho que pensaba que se convertía en un licán-tropo. Su madre sería una bruja del pueblo y el padre el mismísimo Satanás.
Las leyendas son ya centenarias, y se recordaron cuando en el año 1974, un periódico universitario de Kansas publicó una crónica en la que se relataban los numerosos hechos extraños que allí se daban, como la afirmación de un estudiante cuyo “brazo había sido cogido por algo invisible”. Otro fenómeno era que al parecer algunos perdían la memoria tras pasar por allí.
Sus habitantes están convencidos de ello, encabezados por el párroco que afirmaba que no eran meras supersticiones de gentes crédulas. El día 20 de marzo del año 1978, se reunieron allí unas ciento cincuenta personas que esperaban ver al diablo, acompañado de los espíritus atormentados del cementerio. Por supuesto no pasó nada.
Esto atrajo a diferentes investigadores ansiosos por registrar algún fenómeno inexplicable. Uno de ellos fue el relatado por dos visitantes que fueron de repente zarandeados por un viento inesperado. Al volver al su automóvil, éste había andado solo hasta el lado contrario de la carretera. Otro también fue arrojado al suelo de la iglesia por un remolino sin que pudiera moverse. Por cierto en su interior llovía en ocasiones en día seco.
Según parece, en 1850, el nombre del pueblo era Skull -calavera-, al que se le cambió una letra para no ser relacionado con las prácticas de nigromancia de sus primeros colonos.
En 1980 el Kansas City Times, publicó más rumores sobre este lugar y su iglesia, que para entonces estaba abandonada, recordando la historia de aquel alcalde que apareció apuñalado en un granero de piedra sobre el que luego se edificó la parroquia, hoy desmantelada.
Por último, algo que parece una leyenda urbana. En uno de sus viajes, Juan Pablo II, pidió que su avión no pasara por encima de aquel lugar maldito, cuyo cementerio está hoy protegido por una enorme tapia para que nadie penetre en su interior. Aunque parece que sí existen gentes empeñadas en hacerlo.
Los infiernos
de Extremo Oriente

Para los hinduistas existen veintiún infiernos en los que se reencarnan quienes han caído abundantemente en pecados como lujuria, cólera o avaricia. En el Bhagavad Guita se establece que los hombres de naturaleza demoníaca serán aniquilados allí. Este tipo de creencias pasaron directamente al budismo, donde fueron reelaborados.
En el budismo el equivalente al infierno occidental, con diferencias, es el reino de los Narakas, relacionado con el Di Yu de los chinos.
La principal distinción está en que no existe un juicio y un castigo. Tampoco la estancia es eterna, aunque puede prolongarse mucho tiempo.
Renacer en un Naraka depende del karma y de su estado evolutivo. Los aspectos negativos tienen que ser purificados en el mundo superior mediante distintas reencarnaciones. En estados concretos puede sentirse gran angustia, soledad y terror.
El reino estaría situado en una compleja red de cavernas subterráneas. Existen ocho Narakas helados y otros tantos ardientes. Están asociados a distintos símbolos que significarían autocastigos duros, pero necesarios para poder avanzar en la vía evolutiva.
El Di Yu chino deriva de esta concepción, añadiendo ciertas creencias y leyendas populares. El rey de este infierno es Yama, y se trata de una inmensa maraña de mazmorras donde las almas purgan sus culpas terrenales. Pero no sólo es un lugar de castigo, sino también de renovación para poder avanzar y pasar a la siguiente reencarnación. Sería más parecido al concepto de purgatorio cristiano que al clásico que contempla lo infernal como eterno e inexorable.
Según partamos del budismo o del taoísmo, tiene distintos niveles, regidos por los llamados Reyes de Yama, cada uno de los cuales se ocupa de temas concretos, como el asesinato, el adulterio o la avaricia.
En general se considera que una vez expiada la culpa y purificada el alma mediante el arrepentimiento, Meng Poi, la “Señora del Olvido” de la mitología china, proporciona la llamada “Bebida del Olvido” y se produce una nueva reencarnación en el mundo con el nuevo espíritu dispuesto a enfrentarse a su karma.
El Rub al’Khali
Este es uno de los lugares más inhóspitos del mundo, su nombre significa el “lugar vacío”. Un desierto de arena inmenso que separa Arabia Saudita de los Emiratos Árabes Unidos, por el Este; de Omán, al Sudeste; y de Yemen, al Sur.Tiene unos 650.00 kilómetros cuadrados, y está totalmente deshabitado.
Hoy sabemos que en su seno guarda inmensas bolsas de petróleo, portante actualmente es un lugar muy rico.Tanto como temido, fue en el pasado cuando ni los beduinos querían pasar por él. Sólo le cruzaban por los bordes las caravanas que llevaban olíbano -francoin-cienso-, descansando en una ciudad hoy perdida llamada Ubar. Las poblaciones más cercanas están en la región de Najran, y se dedican a atender las explotaciones petrolíferas.
Un lugar donde la temperatura diurna pasa de los 55 grados, con dunas de más de 300 metros, tenía difícil exploración. Empezó a ser visitado por occidentales en 1931, cuando llegó
Bertram Thomas, seguido el año siguiente por John Philby.WilfredThesiger lo cruzó y topografió en parte hacia 1950.
Sus habitantes no humanos son ciertas plantas resistentes en condiciones extremas, ratones, insectos y arañas, pero también algunos otros que forman parte de un mundo legendario.
Y es que este lugar inspiró al escritor fantástico Howard Phillips Lovecraft para crear la biografía ficticia de un árabe loco, AbdulAlhazred, supuesto autor del Necronomicón, un libro maldito lleno de conjuros capaces de despertar y volver al mundo a las fuerzas del mal que llamó Primitivos. Según su particular mitología éstos acechan desde una zona adimensional del tiempo, amenazando siempre con volver cuando alguien que conozca su secreto realice las invocaciones que contiene.
Alhazred habría escrito el libro tras vivir en solitario durante diez años en este lugar, rodeado de temibles monstruos que le habrían atormentado hasta volverle completamente loco. Por eso a su vuelta afirmaba que allí se encontraban confinados por Dios todos los diablos, conocidos en la cultura árabe como djins -genios- o efrits -tal y como se les denomina en Las Mil y Una Noches-.
El terrible final que le da Lovecraft, es el de ser devorado por un monstruo invisible que le arrebató en pleno día en las calles de Damasco ante las mirada atónita de cuantos estaban presentes. Desde luego, un lugar como éste puede inspirar una cosa así, puesto que de todos los sitios terroríficos del mundo, ocupa por derecho propio la cabeza del palmares de las bocas por las que se “accede” al infierno.
Topónimos referidos al infierno

Es frecuente encontrarse con denominaciones que hablan de “bocas” o “puertas de los infiernos”, ya sea por su especta-cularidad o por alguna leyenda que pretende explicar su particular geología.
Por ejemplo, cerca de Benidorm, en la costa alicantina, hay una “Patada del Diablo”, en el Puig Campana, una impresionante montaña con un corte perfecto, que parece hecho adrede.
Pero también los hay formados por el agua -señalemos que el lugar más terrorífico señalado en La Divina Comedia, es un lago de hielo-. En la sierra madrileña, en la carretera que va de Navacerrada a Segovia, por ejemplo, hay uno, formado por una serie de peñas por las que salta violentamente el agua del riachuelo que baja hacia Segovia. Otro, por ejemplo está en Portugal, junto al mar, en la carretera Cascais-Malveira.
Lugares siniestros, que aunque no sean puertas, sí parecen conducir al maligno son todos aquellos “puentes del diablo”, que están distribuidos por la geografía del mundo. Uno por ejemplo en Jaraba, Zaragoza, aunque nadie sabe bien por qué se le llama así.
También a muchos volcanes centroamericanos se les considera puertas a los mundos inferiores, quizá donde moran dioses siniestros de los que ni sabemos el nombre.
La puerta del infierno del Darvaza
Son muchísimas, pero una realmente espectacular está en Darvaza, en el desierto de Karakum en Turkmenistán. Se trata de un pozo de 60 metros de diámetros y más de 20 de profundidad, fruto de un sondeo geológico que se topó con una caverna llena de gases tóxicos e inflamables.
Fue un accidente que ocurrió en 1971. De repente, se rompió el techo de la cueva y la tierra se tragó las máquinas, los técnicos no se atrevieron a recuperarlas, pero creyendo que no había mucho gas procedieron a intentar quemarlo, no se sabe bien con qué fin.
Aquello empezó a arder y aún sigue haciéndolo. Desde luego le viene perfecto el apelativo de puerta del infierno… Ésta, abierta por el hombre, hasta no se sabe cuándo, porque nadie sabe cuánto gas hay ni cuándo se apagará. De momento, con su terrible y fascinante espectáculo, se ha convertido en el principal lugar turístico de la zona, y desde luego es toda una metáfora de que los infiernos, los auténticos, siempre los crea el hombre.